Ibai Fernández, 34 años

Ya tengo 34 años. Y qué 34 años.

No puedo creer todas las cosas de las que he sido capaz y de las que me ha dado tiempo en este período.

Siempre se ha dicho de las comparaciones que son odiosas y no fue hace mucho que aprendí que la búsqueda continua de la excelencia no es para con otras personas, sino para con uno mismo respecto al día anterior. Ser mejor persona de lo que uno fue ayer, mejor profesional, mejor amigo, hermano, compañero, hijo… mejor ser humano, mejor amante, mejor jugador de chinchón si es que es ésa una de las metas que persigues en tu vida… no es una comparativa que deba ser hecha para con otros homólogos, sino, a lo sumo, para con uno mismo en relación, nuevamente, al día anterior.

Y en eso sí que creo que me llevo todos los títulos. A fin de cuentas, de todos modos, por la misma definición hecha del asunto, no soy yo sino mi propio competidor y, como tal, gane quien gane he de acabar ganando yo mismo.

Y es que, además, a fin de cuentas, todo se resume — cuanto menos al respecto del asunto que aquí trato de dirimir — en cuáles sean tus metas. Y, la verdad, no sé si yo nunca habré tenido de ésas, reales y tangibles. Bueno, «reales y tangibles» quizás no sean los calificativos más adecuados cuando se trata de hablar de metas, ya que éstas son, a todas luces, intangibles conceptos que versan del futuro y que, por tanto, no son reales si no que están llamadas a hacerse realidad algún día a través del que sea el esfuerzo que estás dispuesto a rendir en su consecución.

Pero lo cierto es eso, que mis metas han cambiado con el tiempo. Recuerdo haber habido un momento en mi vida — antes de cumplir las dos décadas de existencia — en el que todo lo que quería era salir de la escuela, licenciarme en arquitectura o en alguna ingeniería, casarme con la chica de la que por aquel entonces no habría dudado que era nada salvo el amor de mi vida — lo cual, de hecho, aun a día de hoy y tomando en consideración los más recientes sucesos en lo que a mi vida sentimental se refiere, sigo pensando de algún modo — y tener una caterva de hijos y perros, todo ello sin salir de mi Málaga natal, por supuesto.

El mundo en aquel entonces era grande e interesante, pero mi curiosidad a su respecto se satisfacía con un viaje vacacional al año — junto a mis futuros mujer e hijos (y quizás perros) — a cada confín del mundo que me apeteciera descubrir.

Dos años después de hacer una de esas primeras listas que a la postre se convertirían en el reflejo perfecto de la sublimación más cuerda posible de mi siempre innato comportamiento obsesivo y compulso por no dejarme nada nunca olvidado de aquello que yo mismo consideraba que era lo que debía hacer en esta vida — en cada una de sus etapas —, mi mundo había cambiado la ingeniería y el matrimonio por la guitarra, los escenarios y la insaciable necesidad de convertirme en algo así como un mártir moderno al servicio de las masas juveniles en la necesidad de éstas de oponerse a lo establecido; dicho de otro modo, lo que quería era ser una «estrellita del rock» que se consumiera en un último fogonazo de gloria mientras entregaba su sangre — literal y metafóricamente — a unos cuantos fanáticos que más antes que después acabarían tachándome de traidor por cual pudiera ser el cambio que haría en mi vida respecto a lo que habría sido «mi filosofía» hasta ese punto.

¿Curioso? No creo. Creo que, como yo, ha habido cientos, miles, millones… y los seguirá habiendo. No puedo negar que hubo tiempos en los que me consideraba especial. Consideraba especial muchas de mis características, tanto las genéticamente adscritas como las voluntariamente (o involuntariamente) aprendidas: me consideraba especial por haber sido un «milagro médico» y me consideraba especial haberme salvado numerosas veces de muertes inminentes incluso enfrentando casos que, estadísticamente, deberían haber postrado lo que quedara de mis huesos en un cementerio.

En lugar de ello, crecí y seguí creciendo, haciéndome mayor — y no sólo en dimensiones físicas tales como pueden ser el tiempo (la edad) o el tamaño, por supuesto.

A día de hoy vivo en Ecuador. Llevo aquí 5 años, 5 meses y 5 días (bueno, algo parecido, pero así suena más literario, ¿no?) y ya me pasó de todo. No sólo en Ecuador, sino en general, en mi vida. De otro modo, supongo, ni siquiera habría acabado aquí — y mucho menos lo que considero «tanto» tiempo. Y, por supuesto, si estoy escribiendo esto es porque estoy en medio de una crisis existencial. Una suave, ojo, pero, a la vez, intrincada.

Tiene que ver con el trabajo al que andaba renunciando desde ya la verdad que no sé ni cuándo — pero cuya renuncia definitiva se cristalizó, junto a los otros miembros de mi equipo, el día 8 de julio de este mismo año. Las más altas cimas y las más profundas depresiones — no sólo hablando desde el punto de vista orográfico — me han llegado con este trabajo. He sido capaz de demostrarme a mí mismo que, ciertamente, no estaba preparado para tener metas en mi vida. Estaba preparado para pensar que las tenía y, con ello, preparado para ir renovándolas en la medida de la necesidad, en la medida en la que nuestro presente modifica nuestras percepciones futuras teniendo en cuenta nuestras experiencias previas.

Bueno, hay algo ahí que no es cierto. Esas «más» profundas depresiones experimentadas en mi vida no han sido todas fruto de mi labor profesional durante los últimos 30 meses. Hay que recordar, precisamente, cuando no más allá de una década de haber nacido, diferentes tipos de bacterias hicieron su agosto — quizás nunca mejor dicho, porque fue en verano que pasó — en mi sangre condenándome a una muerte casi segura de la que, no obstante y con ayuda de padres y médicos, tuve a bien saber escapar. O recordar, por ejemplo, aquella época en «los Madriles», resultado de la cual, además de arruinarme económicamente, destruí mi salud mental, física, espiritual y emocional en no más del transcurso de un verano — para recuperarlas todas en el transcurso del subsiguiente otoño, ojo. O, finalmente, el reciente año de 2016, en el que no hubo forma de detener la rueda de un destino que quería verme difamado ante familiares y amigos por unos gustos privados salidos de la norma establecida; ésa que dice, precisamente, que lo que se sale de lo comúnmente establecido y aceptado por las normas de sociedades estructuralmente anquilosadas en tradiciones retrógradas necesita una censura que, en este caso, acabó siendo la más pública y dañina posible en lo que a mí y a mi imagen se refería.

Pero, por favor, no se hagan la idea de que mi vida, hasta aquí — y espero que en lo sucesivo, que no es ésta en modo alguno ningún tipo de misiva de despedida de ninguna clase — no ha sido nada salvo una buena vida. Difícil y sin duda extravagante, pero decir que no ha sido buena — a toda expensa de lo relatado y de muchos otros pormenores que hicieron de algunos de sus momentos absurdas batallas por la conservación de mi bienestar — sería mentir.

He conocido en este tiempo a grandes personas que han hecho de mi vida un lugar más bello, incluso si en cierto momento esa grandeza y esa belleza se vio empañada por cualesquiera las razones, si mis decisiones, las de esas otras grandes personas o la de un destino que, siempre juguetón, es a fin de cuentas a quien más acabamos debiéndonos. Nunca nada dura para siempre y ni grandeza ni belleza iban a ser inmunes a dicha dinámica universal.

He tenido el apoyo de un sinfín de seres humanos que se han volcado en profesarme una admiración de la que no siempre me he sentido digno de recibir. He tenido su cariño y su respeto. Por supuesto, también he tenido hartas enemistades de las que no podría discernir mi cociente de responsabilidad para con las mismas. A unos y a otras, no obstante, a ambas le agradezco en similar cuantía lo que han hecho por construir la persona que a día de hoy soy, con sus más, con sus menos, sus aciertos y falencias, sus vicios, sus virtudes, sus tonterías y sus momentos de brillo con más lúmenes que los del sol. Una persona que, ante todo, se siente orgullosa de haberse sabido convertir en una, que ya no valora la vida más que por, precisamente, poder compartirla con uno mismo; esos días que uno se sienta a decirse a sí mismo: «En realidad la has sabido gozar, cabrón hijodeputa. Vamos a por más.»

Así que sí: vamos a por más. Vamos a por más aciertos y a por muchos más errores. Vamos a por más riesgos, a por más ilusiones y desilusiones, encantos, desencantos y despechos; golpes, palos, caricias, besos… Llega la segunda parte de mi vida. Una vida en la que ya me siento persona, en la que he crecido por dentro y por fuera; en la que entiendo que nadie manda sino yo mismo… y en la que las excusas siguen sin ser registradas en celuloide — o en tarjeta de memoria, si nos acoplamos a los tiempos en que vivimos. Una vida en la que el miedo ya no tiene lugar, pero el riesgo sí, cada día más. Una vida en la que aún puedo amar y ser amado, reprendido, abrazado, ascendido nuevamente a las más altas cimas o arrastrados a las más bajas, oscuras y tenebrosas simas. Pero una vida que es mía, que no cambio por nada ni por la de nadie. Porque si algo tiene de especial mi vida es que es mía, de nadie más, personal e intransferible.

La tuya también: nunca lo olvides.

Y yo, personalmente, cada día me siento más orgulloso de poder seguir viviéndola.

A todos lo que os deseo es, simple y llanamente, eso mismo: que podáis estar tan orgullosos de vuestras vidas como yo he aprendido a estarlo de la mía, como he llegado a estarlo y como lo estoy en este día. Así sean la una y media de la madrugada de un lunes de julio de 2019 en la que ni puedo dormir ni verdaderamente quiero que se despierte el sol de mañana.

Pero ésa ya es otra historia; una que no pienso comenzar a contar hoy. A fin de cuentas…

Ya tengo 34 años. Y qué 34 años.

Y, para empezar, me reservo el día a disfrutar de mi día.

Abrazos.

~IF