Túnez: revueltas, revoluciones, elecciones…

I.

Lección del día: qué difícil es operar una cámara entre nubes de gas lacrimógeno. Es lo que he aprendido hoy en la capital de la República Tunecina, país también conocido como Túnez, de homónima capital. Y es que la violencia hoy se ha desatado en las calles de la urbe. Es viernes, el día santo para los musulmanes. Y a ellos, a las 12.30, les está preparada la Gran Oración. Después de la Gran Oración, desde cada mezquita y en tropel, salía una manifestación que pretendía protestar por… bien, los motivos no están nada claros. Se podría decir que el tema de la retransmisión de la película Persépolis todavía está candente en la atmósfera islamista tunecina. Si no hace más de tres o cuatro días nos zurrábamos la badana por obtener buenos planos en la manifestación que a tal tenor se organizó en la ciudad (a nuestro entender quizás un pueblo) de Sidi Bouzid, hoy podía ser en Túnez capital uno de los motivos de las públicas demostraciones de desafecto de los religiosos. Otras fuentes, no obstante, indican que cada manifestación generada en cada mezquita tendría sus propios y personales motivos, otros que la censura a Nessma (televisión sobre la que, por cierto, extiende sus poderosos tentáculos el capullo – a falta de ganas de faltarle un poco más el respeto esta noche – de Berlusconi) si bien nada de esto ha quedado claro y especular sobre teorías conspiratorias sobre quién decidió la retransmisión de la anteriormente citada película no es más que echar leña al fuego de la ignorancia y el tráfico de informaciones infundadas.

En definitiva, que ayer volvimos del desierto, que no está tan desierto, sino salpicado de pequeñas ciudades y diminutos poblados de pastores bereberes que ya no me moriré sin conocer y que cierto partido político tunecino que aquí no nombraré se dedica a tratar de sacar de su apacible hastío para insistir – de una manera que nosotros definiríamos, al menos, de muy agresiva – en que voten en unas elecciones de las que no saben nada, que ni les van ni les viene en su no tan bucólica como todos creeríamos vida pastoril.

Volví a Túnez capital sobre las 16.30 horas del 13 de octubre, tras un viaje de más de tres horas y media de louage, esos entrañables monovolúmenes adaptados para el traslado de 8 viajeros que no salen hasta que no completan su pasaje, así te tengas que quedar día y medio en la estación esperando a un último y esperanzador viajero. El desierto nos pasó más factura de la que hubiéramos creído en un principio. Yo me vi afectado, de nuevo, por una fuerte intoxicación alimentaria que se manifestó en forma de más ronchas y picores y que me anuló un día casi al completo. Tenía (y tengo) una tendinitis en la muñeca izquierda, yagas en la boca, heridas infectadas, hongos en los pies. No me había podido dar una ducha en 5 días. Otros defecaron 22 veces en una noche y vomitaron 5 para dar como resultado un monumento a la inmundicia en forma de retrete colapsado hasta, literalmente, la bandera (perdonen la imagen escatológica). Nos habíamos despertado a las 4.30 de la madrugada para filmar la primera oración del día, que el colectivo musulmán se ve obligado a hacer a las 5:20 horas de la mañana, aproximadamente. Un borracho (sí, en Túnez también los hay) se había dedicado a darnos el coñazo mientras lo hacíamos, ante las perplejas (y a veces desafiantes) miradas de los creyentes de las revelaciones coránicas y los dichos y hechos del profeta Mohammed.

Una vez en Túnez capital, fuimos a rodar lo que nos habían vendido como un encuentro de intelectuales islamistas, que no fue más que un mitin de adoctrinamiento político-religioso por parte del partido que antes no he querido nombrar, y que tuvo como protagonista a un «filósofo» (permítanme las comillas) al que acusan – me abstendré de analizar si razonadamente o no – de mercenarismo político. Empezó a las 18 horas, y acabó a las 21.30. Fue cuando nos fuimos a tomar una cerveza a ese antro de la avenida de Marsella que bien podría estar en el centro de un París de finales de los 80, el Underground Club. Creo que fue cuando nos enteramos que los salafistas preparaban la concentración a la que al principio de este artículo he hecho mención. Después de dos Heinekens, pusimos rumbo al cuarto de nuestro hotel. A mí, después de la tan ansiada ducha, aún me quedaba algo de fuerza para salir a buscar algo de comer, pero no encontré nada abierto. Presencié una pelea entre dos parejas de tunecinos a la que la policía local, en lugar de poner fin, asistió expectante al resultado. Volví a la 1.30 de la madrugada. Ordené mis trastos tratando de no hacer mucho ruido para no despertar a mis queridos compañeros. Me fui a dormir.

II.

Esta mañana me he levantado, como siempre, temprano. He ido al súper. Estoy harto de la falta de variedad de la cocina tunecina, compuesta en su totalidad por couscous de cordero, patatas fritas, parrillada mixta (aunque lo de mixta es un decir, se refiere a «diferentes partes de un cordero»), pasta con tomate (ya sean espaguetis o tiburones), sopa de judías, pisto con huevo duro y ensalada de pepino y cebolla amarga, todo aderezado con cantidades industriales de harissa, pimientos extremadamente picantes que harían a una mezcla de wasabi, tabasco y cayena molida parecer sirope de fresa con un toque de vainilla. Así que he decidido comprar dos tomates, medio litro de aceite, pedir en el hotel una barra de pan, un zumo de melocotón y un café «avec plus café que lait, s’il vous plaît», además de una pizca de sal. Entre mi cara de sueño y la descortesía del camarero ha llevado más de media hora conseguir el desayuno perfecto, pero allí estaba, tal y como lo podía haber soñado en algún buen sueño culinario: zumo, café, «pa amb tomaquet» con aceite y una pizca de sal. Todo acompañado de un necesario cigarro liado (que todo Túnez me pregunta si es marihuana cada vez que me lío uno). Mi director de fotografía ha llegado y hemos bromeado un rato…

Largo paréntesis hasta las 12.15 – y es que hay cosas que es mejor no sacar a la luz – , hora en la que nos hemos sentado en la plaza de la Porte de France a tomar un té verde por el que nos han cobrado demasiado (atendiendo a estándares tunecinos). Estábamos él, yo y un alemán, de nombre Hendricks, que nos caía bien hasta lo acaecido hoy. Y es que si por Hendricks fuera se compraría un telescopio para no tener que salir de su casa en Hamburgo y seguir sintiéndose, aun así, un digno reportero gráfico.

Y a partir de ahí empieza la movida: director llega. Director pide planos de la policía, concentrada en autobuses de look escolar pero blindados hasta los dientes. Operadores a sus cámaras. La policía que dice que las fotos «sont interdit», poniéndonos las manos sobre las lentes. Nosotros que celebramos la libertad de prensa con sonrisas, asintiendo y grabándoles con un teleobjetivo: porras, cascos, caras de tensión. Parecen prepararse para la guerra. Nada más cercano a la realidad. Comenzamos a caminar la avenida Bourguiba. Más policía, más porras, más cascos.

El director finge estar informando para Tele Lepe. Nosotros grabamos por encima de sus hombros lo que hay detrás: furgones, furgonas, furgonetas, lecheras y más autobuses. Se me enciende una bombilla roja dentro del cerebro, suena una alarma y me viene a la cabeza la palabra germana «achtung». Vamos al café de París, en avenida Bourguiba. Uno de nuestros contactos nos espera allí, y a pesar de ser tan informante como informador, decide no moverse de allí. Nosotros si lo hacemos. Comenzamos a caminar la avenida de París, hacia el oeste de la ciudad. Nos pasan dos lecheras de la policía local a toda hostia. Se detienen en una plaza. Nosotros llegamos a la plaza. Un centenar de policías se preparan con cascos, porras y, más sorprendentemente, escudos. Hendricks continúa la perorata que ya empezó al comienzo de esta jornada sobre el hecho de que nos está prohibido grabar policías y soldados en Túnez. Le dedicamos una mirada de desprecio. Aprovecha la estrategia del reportero y la nueva tecnología de su cámara para sacar fotos de todos modos, presionando el disparador con el codo. A mi equipo le toca separarse. Yo recibo la orden de permanecer con la policía. Director y director de foto se largan a buscar salafistas. Los gritos ya resuenan por las calles. Se acercan. La policía se prepara para cargar. Aprietan los puños alrededor de sus porras, de sus escudos. Algunos llevan pasa montañas. Un policía se acerca y nos advierte en un paupérrimo francés: si no tenéis acreditación de prensa, no es nuestra culpa si os pegamos». Yo le digo en un perfecto español que puede comerme el cipote. Sonrío y asiento. Él sonríe y asiente. «No visage», me dice. Pero yo le estoy grabando el discursito en un primer plano digno de Hollywood. Le invito a chuparme la polla por segunda, de nuevo en perfecto castellano. Hendricks no sabe a qué atenerse, pero ya es demasiado tarde y los salafistas empiezan a acercarse. La policía pierde el control desde el primer momento. Están deseando ponerse a repartir hostias. Pero la multitud salafista es muy numerosa. Demasiado. Tanto que todo lo que consiguen es desviar el tumulto por una calle que no accederá a su queridísima avenida principal, la de Bourguiba. Pero no se atreven a nada aún. Las calles en las que nos encontramos son amplias y hay mucho público. No quieren dar una imagen terrible, que la gente se descontrole, los medios los saquen mostrando su faceta más violenta y provocar, incluso, algún que otro accidente de tráfico. Yo, de hecho, sufro un percance con un coche, que me atropella sin causarme un daño atroz. Me recompongo para comprobar que la muchedumbre salafista se desvía: ya ha empezado al rock’n’roll así que me olvido del hecho de acabar de haber sido atropellado y comienzo a filmar a la carrera. Tengo en cuadro la cabeza de la manifestación. Ando hacia atrás sin saber con qué me chocaré y acabo chocándome con una farola, dos coches y unos cuantos de compañeros del gremio. El director me grita, yo apenas puedo escucharle. La cabeza de la manifestación está a escasos tres metros míos y sigo tratando de mantener el cuadro y el foco. Otro choque. Demasiado para seguir aguantando. Parecen gritarme a mí, en cuanto tiro de zoom. Me giro y corro. El director me pide plano. El director de fotografía ha desaparecido. Persigo al director que me invita a subirme a una ranchera para sacar un plano general del gentío, cosa que, aún no me explico cómo, hago de un salto y sin quitarme la cámara. Mi corazón palpita tan fuerte que el plano se me mueve como si aún estuviera corriendo. Inhalo todo lo que puedo y trato de sosegar mi sistema, como lo haría un francotirador. ¡Pum! Plano perfecto. Bajo de la pick-up y sigo corriendo. Plano aquí y plano allá. Ya no veo a nadie. Me pierdo. La manifestación me envuelve y ahora soy uno más, sólo que no grito consignas teocráticas, sino que me dedico a darle sentido al hecho de estar rodeado de cabezas. Tiro de gran angular. Alguien sube a hombros de otro alguien. Lleva una bandera roja con palabras en árabe y grita consignas que no llego a entender. Por mí que están todos ciegos de LSD. O el que está ciego soy yo. O aquello es todo un sueño. Quizás una paranoia. Esquizofrenia pura la que padezco al sentir como las miradas de muchos de ellos se clavan en mí. Hemos llegado a un cruce de caminos. La manifestación se queda quieta un momento. Empiezan a diversificar. Unos van por una calle y otros por otra. Paranoia. Un tipo me apunta con un móvil. Me está sacando una foto. Quizás un video. Me mira muy serio. Enfadado. Dejo de grabar y me doy la vuelta. Trato de alejarme. La manifestación se pone de nuevo en marcha. Por suerte o por desgracia lo hace por el lado por el que yo trataba de alejarme de mi acosador audiovisual. Sigo la marcha, y trato de arrancar otro par de planos de algún lado. No es posible. Intento pegarme a los edificios para progresar más rápido y ser capaz de sacar algunas caras. Empiezo a estar cansado. Me hecho una avenida larguísima casi al sprint, me he subido de un salto a una pick-up. Con 5 ó 6 kilos de equipo a cuestas. Miro hacia atrás y allí está él. Esto empieza a tener pinta de «Syriana». O de «12 monos». Acelero un poco más y llego a un cruce. Me abro a la derecha tratando de perder la pista a mi perseguidor. No lo veo, así que supongo que él tampoco me ve a mí. Grabo algo más conforme la marcha prosigue su curso hacia delante. Por fin una cara conocida, la de mi director de fotografía. Le sigo. Me dice de tratar de ganar la cabeza de la manifestación. Yo pienso en vomitar, pero me trago mi propia saliva y convengo conmigo mismo en aguantar unos minutos más. La calle se divide por un túnel que sale del subsuelo, formando dos cuellos de embudo. Elijo el de la derecha. Vuelvo a perder a mi director. Llegamos a un sitio que me suena, en el que hace no más de una semana estuvimos en un mitin y en el que, anteriormente, habíamos estado fumando «shisha». Recuerdo las escaleras. Esprinto. Llego a la plaza, la bordeo por la izquierda. Esprinto más. Cruzo toda la cabeza de la manifestación de un lado al otro y esprinto un poco más. Subo los escalones de cuatro en cuatro y me pongo arriba de ellas. Saco un plano general de la manifestación. Cada vez llevan a más gente a hombros gritando consignas que me exentaré de tildar de fanáticas pues no entiendo lo que dicen, pero que, de hacerlo, quizás no fuese craso mi error. El director me llama por teléfono. Lo cojo tarde. Lo llamo yo y está a punto de caérseme el teléfono por la terraza a la que subían las escaleras. Doy con él. «Te veo», me grita y cuelga. Yo no le veo a él y estoy perdiendo plano así que me meto de lleno entre la gente. Sigo avanzando y escucho un grito: «Ibai, tienes que ganar la cabeza de la manifestación…¡como sea!». Es el director. Sus órdenes no son sino órdenes para mí así que hago lo que me dice. Llego a un lugar donde hay una pequeña plaza, y una fuente. Camino por el borde de esta a riesgo de caerme dentro y consigo ganar unos 15 metros respecto al lugar que ocupa la cabeza de la manifestación. Subo por el capó de un coche para ganar otros 5 metros. La cabeza todavía dista más de 150 de mí. Empiezo a tirar de locuras para ganar metros: camino por bordillos situados a altura considerable sobre el nivel del suelo, empujo a algún que otro radical islamista y me la juego en un par de saltos descabellados. Ya sólo quedan 50 metros, pero me detengo a tomar un buen plano justo en la formación de otros dos cuellos de embudo y pierdo lo que he ganado. Sigo corriendo en zig-zag entre filas y filas de islamistas, salafistas y otras clases de enfervorecidos ciudadanos tunecinos (que luego, me explicarían, resultaron ser jóvenes obreros de barrios marginales que estaban pagando la frustración provocada por su situación de desempleo con las autoridades, en el marco de esa manifestación, ya claramente convertida en revuelta).

Es cuando ellos me miran, y yo les miro a ellos. Ellos me miran otra vez, y yo, de nuevo, les miro a ellos. Faltan 70 metros para la cabeza de la marcha. No es el tercer intercambio de miradas lo que me lo confirma, sino las palabras que salen de su boca, y el hecho de que me señalen con las puntas de sus dedos índices: «¡Sidi Bouzid!», gritan.

Y es que no os lo he contado, pero soy un masón.

III.

Bueno, no lo soy. Nunca lo he sido y no sabría serlo. Un día aprobé selectividad, cumplí 18 y, para celebrarlo, además de sacarme la licencia de conducir me hice un tatuaje en la nuca en forma de ojo de Horus. Las explicaciones de por qué ese tatuaje huelgan, pero no su repercusión en la República Tunecina, en la ciudad de Sidi Bouzid, entre el colectivo salafista que, como bien recordaremos, no es más que una secta islamista que pretende, como su propio nombre indica, vivir del modo más parecido posible a cómo vivían las primeras generaciones que más se acercaron al profeta Mohammed. Los reconoceréis por no llevar pantalones con perneras más abajo del tobillo, por sus grandes barbas sin bigotes, por sus tradicionales sombreritos y por su radical comprensión de la palabra de su dios Alá que, como no podía ser de otra manera, no sólo consideran perfecto sino único. «Y cualquiera que les lleve la contraria, al paredón», podría ser el resto de su filosofía.

Hay mucho engaño sobre el Islam, todo hay que decirlo, pero manda los mismos huevos que cualquier otra religión los preceptos sobre los que se basa. No voy a desgranar aquí ni uno solo de sus encantos y desencantos pero, por favor, no tardéis en analizar hechos como la posibilidad de tener cuatro esposas «siempre que seas capaz de hacerlas igual de felices», el poder corregir a cualquiera de ellas de forma física (golpeándolas, se entiende, aunque nunca en la cabeza, nunca humillándolas y nunca pensando, únicamente, en el hecho de hacerles daño) o el hecho de tener que hacer cinco oraciones al día después de lavarte pies, manos y cara tres veces consecutivas, además de todo lo que viene aparejado a casi cualquier otra religión como la privación del placer, el miedo del creyente al Creído… perdón, al Creador… y bla, bla, bla, bla.

Demasié p’al body.

Pero volviendo a dónde estábamos, un día cogí y me hice mi primer tatuaje, un ojo de Horus en la nuca. Un sitio significativo y, sobre todo, donde no me cansaría de verlo.

Pues bien, estando yo grabando una disertación salafista en Sidi Bouzid alguien advirtió el tatuaje. Huelgue decir que Sidi Bouzid no es el típico enclave turístico para el viajante medio. Es más bien, como describiría alguno de sus propios ciudadanos, un «shithole full of shit, man», una ciudad (o pueblo, como anteriormente he mencionado) compuesto, en su casi totalidad, por una calle principal y cuatro o cinco mezquitas. Su actividad económica principal, podría decirse, es el cultivo de polvo y su tasa de desempleo es sólo equivalente a su tasa de fanatismo religioso: altísima.

Pues estando yo grabando este mitin teocrático en dicha localidad, después de recibir la pedrada, las collejas y los tirones de pelo, alguien, además de advertir mi tatuaje, le sacó una foto que hoy circula por Facebook bajo consignas que, a falta de ser traducidas, bien se me podrían antojar beligerantes.

Luego alguien me señaló con el dedo y dijo «masón». Y luego la masa humana, subnormal por definición, sea en la cultura que sea y bajo la religión que sea, se ha dedicado a hacer correr la noticia de que un masón, claramente – según ellos – relacionados con el más inevitable sionismo, no hacía sino grabarles para, llegué a escuchar, pasar luego informaciones al MOSAD, el servicio secreto israelí. Y la noticia ha corrido tanto que, de hecho, ha llegado a la capital tunecina.

Así que, volviendo a nuestra narración, media docena de chavales con ganas de ganarse el favor de su dios me han señalado con el dedo, han gritado «Sidi Bouzid» y han comenzado a correr detrás de mí con ganas de todo menos de hacer amigos.

Así que los 70 metros que me separaban de la cabeza de la marcha y, gracias a alguien – Dios o el que sea –, de un piquete de la policía, los he recorrido más rápido de lo que lo haría Hussein Bolt sin tener que hacer zig-zag, salvar el ajado pavimento de las calles tunecinas y la muchedumbre enajenada. Al pasar el cordón policial he visto como la policía detenía el progreso de los 6 (quizás 7) proyectos de assasins. Ha sido cuando me he dado cuenta de que algo o alguien me había golpeado en la cabeza, por encima de la sien, donde me he llevado la mano para comprobar que no había sangre, sólo una terrible contusión que, una vez creía estar a salvo, ha meneado mi mundo haciendo que el suelo pareciera el cielo y el cielo… bueno, supongo que entienden el concepto.

Conviene señalar como, en palabras del gran Jaime Horacio, «lo de hoy no viene sino a demostrar que esto es como si al medievo le dieras el Facebook…» ¡Pum! O, dicho de otra forma, como la incultura más atroz puede hacer que un simple jeroglífico egipcio pase a ser razón de peso para convertir a un camarógrafo andaluz en un masón sionista con conexiones en el MOSAD (y quién sabe si un chalecito en La Moraleja).

Y entonces ha sido cuando he escuchado la primera explosión.

IV.

No se trataba de un arma, ni de una bomba. Aunque bien tenían formas de escopetas y granadas. Era gas lacrimógeno lo que la policía ha empezado a lanzar. Me ha pillado de frente, así que me he agazapado tras una barandilla y he sacado un plano de cómo gaseaban a la multitud desde una gasolinera. He pensado en mis compañeros, que iban más rezagados que yo. Luego me han contado que también han conseguido salvar el pescuezo por los pelos y gracias a la ayuda de la más diversa gente.

Desde mi atalaya he sacado más planos, pero al querer avanzar me he dado cuenta de que estaba aislado entre dos barricadas policiales. No sé si era que la marcha principal se había dividido en dos o que otra marcha avanzaba en sentido contrario a la marcha de la que yo había ganado la cabeza, y que ahora me encontraba en un hiato bastante jodido. He tratado de avanzar un poco de calle para ver si veía alguna salida, pero el gas lacrimógeno no sólo te impide tener los ojos abiertos, sino que cuando haces el magno esfuerzo de abrirlos y lo consigues, la propia neblina del gas no te deja ver. Ha sido cuando me he tropezado con algo (¿quizás con alguien?) y he ido a parar, de boca, a unas escaleras. Las he reptado como he podido y entonces, entre la bruma, he visto el cartel: «Ministere de Affairs Etrangeres» (perdonen mi ortografía francesa). Alguien me ha echado una mano (literalmente) y entonces he recuperado pie. Cinco segundos después estaba detrás de una reja azul, cerrada a cal y canto con cadenas, debajo de un techo blanco y rodeado de un señor con cara simpática y de un soldado. He conseguido incorporarme, pero apenas podía conseguir que el aire me pasara a los pulmones. El gas no sólo pica en la garganta, te hace llorar y te imposibilita el raciocinio. También te hace arder la piel y lo peor es que cuanto más trates de tocarte más te va a picar. Con todo y con eso he conseguido hacerme, considerándome fuera de peligro y he tratado de hacer algún plano desde detrás de la reja. No se veía un cojón con tanto humo, y ha sido cuando el director ha asomado para pedir que abrieran la puerta informándome de que había perdido de vista al director de fotografía y que, para colmo, le había dejado sin móviles, ni españoles ni tunecinos. Se ha puesto a llamar a todos los números posibles para tratar de localizarlo, avisar a la embajada y esas cosas cuando yo he dicho:

– Pe ye subig le primeg etash?

Y debo de haberlo dicho bien porque 30 segundos más tarde me estaban guiando hacia el primer piso.

El señor de la cara simpática ha murmurado algo que a mí no me sonaba especialmente francés, y hemos subido más escaleras de las que llevan a un primer piso para darme cuenta de que tomábamos acceso a la azotea, desde la que he visto las mejores vistas posibles de un Túnez que, de gas, parecía arder como ardería Roma hace 20 siglos o Londres hace uno y medio. Los lanzagranadas seguían escupiendo sus granadas y allí arriba todo picaba igual que allí abajo. He tratado de sacar tantos planos como podía, pero ni mi lente ni mis ojos me permitían dar mucho de mí mismo.

– ¡Ibai, baja!

He escuchado que gritaba el director, y eso he hecho.

– Que me voy a buscar a éste, quédate aquí y no te muevas.

Dicho y hecho, y vuelta a la azotea, pero ya no tenía perspectiva de más enfrentamientos, así que he vuelto a bajar.

Ha sido cuando otra granada ha explotado enfrente del ministerio y todos han empezado a correr como locos, haciendo cundir un pánico que ha dado con nuestros huesos en lo que, a todas luces, podríamos llamar búnker. Me han ofrecido agua, que he aceptado, y cigarrillos, que he declinado por un cigarrillo liado de los míos. Los tunecinos que allí estaban han hecho las bromas pertinentes, a las que ya me tienen acostumbrados, y me he visto en la obligación de liar cigarrillos para todos los fumadores presentes, que en realidad eran todos los que estábamos allí, llegando a la nada modesta cantidad de media docena de cigarrillos. Luego les he mostrado lo que he grabado a cambio de otra botella de agua. Cuando ya no había forma de socializarme más con aquellos árabe-parlantes he decidido que ya había pasado tiempo suficiente para insistir, telefónicamente, al director.

– ¿Cómo te va?

– Estoy en la puerta.

Y cuelga.

Así que yo informo de que «mon ami est à la porte» y bajamos y me dice que el dire de foto ya ha dado señales de vida y que está en el hotel. Así que como todo se ha calmado y estamos hasta los huevos de vivir Beirut por un día decidimos que es momento de largarnos a descansar. Y el gas está todavía en el ambiente, pero mucho más disperso. Sigue costando respirar pero ya no ver, así que subimos por una calle que lleva a la Kashba, en la que hay no menos de 100 policías aguardando a la salida de una mezquita (en la que, luego nos enteraríamos, estaban recluidos un montón de manifestantes) y bajamos por otra hasta que damos con un taxi, en este caso uno sin licencia, y negociamos con él que nos lleve, por dos dinares, a la Porte de France, cosa que hace desencantando, que es el rasgo principal del taxista tunecino por excelencia (te lo piden como requisito a la hora de pillar el taxi, licencia o no incluida).

V.

Una vez en el hotel comparamos cicatrices de guerra y nos reímos durante un rato del tema de mis amenazas hasta que discernimos que no se trata de ninguna broma. Me ofrecen dos posibilidades principales: volverme a España o cambiar mi look de manera radical. Fuera piercings, tatuajes cubiertos, rapada de pelo al cero y afeitado monumental. Yo digo que ya veremos. Es cuando Facebook me da la noticia: una foto de mi nuca, sacada cuando grababa el mitin salafista de Sidi Bouzid circula por internet. Quién sabe si no habrá más circulando por otras webs del movimiento. Me asusto un poco, pero tengo más hambre que miedo, así que propongo salir a comer. Pero son las 17.30 y no hay ningún restaurante abierto. El Jefe (que es el dire) dice que nos hemos ganado una cena de lujo, nada de porquería repetitiva tunecina. Pero como no son horas de comer dice que primero vayamos a un hammam, que también nos lo hemos ganado.

Consultamos las guías y uno nos convence, así que salimos a la calle y buscamos otro desencantador taxi tunecino. Mientras lo hacemos yo pido una ración de quiché de queso feta, huevo y espinacas. Llevo días tomando pastillas para controlar las reacciones alérgicas a la comida, y acabo de salvar la vida, así que ya nada me preocupa. Acabamos compartiéndolo los tres mientras caminamos avenida Bourguiba arriba. Llegamos a un taxi (otro sin licencia) y le decimos que nos lleve al hammam que hemos elegido. Nos dice que no porque hay problemas, y acabamos sabiendo que las manifestaciones todavía siguen. Es cuando decidimos llamar a nuestro contacto en Túnez, que nos pone de locos por tratar de entrar en un hammam un viernes (día santo en el Islam, recordemos) salpicado de revueltas fundamentalistas.

Nos sentamos al pie de la catedral (cristiana y católica; si, señor) y nos reímos un rato pensando en qué pensarían cuando el masón sionista del MOSAD entrase y se desnudase en un hammam. Yo entro a preguntar precios de impresiones de fotografías y me entran ganas de pasar por la fotocopiadora la cabeza de la dependienta. Pero ha sido un día muy duro, así que asiento y sonrío. Decidimos cuál es el mejor restaurante de Túnez acorde a nuestra guía de viajes. Nos montamos en el taxi sin licencia y nos cruza la avenida y un poco más. Apenas 600 metros. Nos pide quince dinares, cinco por cabeza, y nos partimos de risa en su cara. Yo le invito a que me coma la polla. El dire a que se coma una mierda. Al dire de foto se le lee en la cara que está deseoso de darle la misma zurra que a él le ha dado la policía tunecina (sí, la misma que a mí me ha salvado el pellejo). Al final le damos algo parecido a tres dinares y caminamos hacia el restaurante. El taxista nos persigue hasta la puerta, donde un gorila nos pregunta si somos extranjeros, nos hace una advertencia que yo no llego a comprender y nos deja pasar. El taxista se queda blasfemando en la puerta.

Y allí estoy yo, con mis compañeros, en un restaurante de lujo con la misma ropa con la que hace unas cuantas horas he sido gaseado por primera vez en mi vida, disfrutando de cervezas y delicatesen en forma de marisco, pez espada, arroz cantonés, pizza a los cuatro quesos y, gloriosamente, de la total y absoluta ausencia de harissa en nuestra dieta por primera vez desde que llegamos a Túnez.

Mañana me despertaré temprano, como siempre, a pesar de que ahora son las 2:12 de la madrugada. Iré al super y compraré tomates, aunque esta vez no serán dos, sino seis. Luego me acercaré al bar del hotel, si las circunstancias me lo permiten, y pediré tres barras de pan, tres cafés «avec plus café que lait» y prepararé el desayuno para mis compañeros, que ahora descansan (uno de ellos más plácidamente que el otro, quien ha enfermado, simultáneamente, del estómago y la garganta) en las camas adyacentes a esta mesa desde la que os escribo, y que mañana servirá para servir tan plácido desayuno.

Quizás considere afeitarme la cabeza y quitarme (casi) todos los piercings. Iré a la medina y me dejaré 5 dinares en pulseras de cuero para cubrir el tatuaje de mi muñeca y otros cinco en una camisa de cuello ancho que me cubra la nuca. Quizás se convierta en mi uniforme de trabajo durante las dos semanas que nos quedan aquí.

La cosa, dicen, es ahora cuando empieza a ponerse caliente. El viernes que viene es el último día santo antes de las elecciones, y el sábado es día de reflexión política. En Túnez nadie habla de las elecciones. O no se creen lo que les está pasando o tienen miedo (como en cualquier otra transición política a la democracia) a que esto termine fallando y que aquellos que hablen vuelvan a los sótanos del Ministerio del Interior, donde tantos tunecinos han sido torturados y encarcelados en celdas donde apenas podían tumbarse.

Algunos hablas de la más que plausible posibilidad de atentados, con sus bombas y sus muertos incluidos.

Los fanáticos religiosos, sea cual sea su denominación de origen, creen que esto de la democracia es producto del diablo o, peor, producto de un pueblo que quiere seguir siendo tan laico como lo era con sus dos previos dictadores: Bourguiba y Ben Alí. Y sí, sé que suena contradictorio, pero hay dictadores que tratan de hacer progresos en la igualdad de la mujer, que tratan de separar lo más posible religión y estado (aunque en estos casos su misión era definitivamente sepultar a la primera bajo la pesada losa del segundo).

Y es que el mundo está lleno de contradicciones. Por ejemplo que un simple camarógrafo andaluz pueda resultar ser un masón sionista con conexiones en el MOSAD…

¡Pum!