Río-vida y los que se enfadaban

          Aceptémoslo: uno, no vamos a cambiarlo todo y mucho menos de golpe. Los niños, los adultos, el sistema educativo, el sistema político, el sistema humano. Se impone la oración esa de los heroinómanos: «Dios, dame fuerza para cambiar aquello que puedo cambiar y paciencia para soportar lo que no puedo cambiar», con la cosa de que la paciencia, en realidad, ocupa nueve décimos en esa ecuación al respecto del solitario décimo de la fuerza. Porque no hay fuerza que permita cambiar ciertas cosas. Y si la hay, como tantas otras cosas ante nuestros limitados conocimiento y percepción, la desconocemos o la dejamos pasar inadvertida

          Dos, no merecer la pena gastar ni un julio de energía en enfadarse, sea cual sea la causa, porque, la verdad, sirve de poco salvo para eso mismo: gastar energías (pagando frustraciones). Enfadarse contra todo lo que no es como queremos que sea es tan inútil como la cruzada personal de Don Quijote contra los molinos, por ejemplo. Tan vano e improductivo como querer conquistar Rusia. Quiero decir, hay tantas cosas que no son como queremos que sean que ya me dirán hasta qué punto merece la pena declarar la guerra y participar en cada una de las batallas.

¿Se puede decir que hemos vivido?

La metáfora perfecta de la vida se me antoja como un río-vida cuya corriente fluvial fluye inconstante hacia su desembocadura-muerte, en una dirección y un sentido dados. Puedes hacer varias cosas: la primera sería dejarte arrastrar por la corriente sin hacer nada por evitarlo, manifestando un patente conformismo al respecto del curso del río, de su marcha y de su destino, decidiendo no parar en más ribera o puerto que aquellos a los que te arrastre la corriente. Y esperar a, de rebote en rebote, alcanzar la desembocadura-muerte. Así, tumbado sobre tu canoa, disfrutando el sol, si es que hace sol y resguardándote de otras intempestivas calamidades climatológicas si es que tuvieren lugar, puede discurrir el flujo de tu vida. No haciendo nada salvo «disfrutar el paseo», esperando que las calamidades climatológicas sean pocas y las riberas y los puertos a los que el azar te transporte sean riberas y puertos agradables donde el sufrimiento sea el mínimo — para honrar el pancismo al que está sometido tu viaje vital en  canoa. Aunque, recordando a Séneca, si no hemos paleado, si no nos hemos detenido en ninguna ribera ni en ningún puerto por propia voluntad… ¿se puede decir que verdaderamente hemos navegado? ¿Se puede decir que hemos vivido?

La segunda manera de afrontar este río es remando. Pero hay dos forma de remar. Remando a favor de la corriente, por ejemplo, no tratando de oponerse a ella esfuerzo desmedido tras esfuerzo desmedido, sino palear para dirigir el curso de nuestra canoa sobre ese río respetando el sentido de su corriente pero haciendo algún esfuerzo por llegar a ciertas riberas y a ciertos puertos. Implica un esfuerzo que, sin ser desmedido, ya es algo. Estos navegantes, remeros de primera clase, suelen parar en alguna ribera y en algún puerto, aunque suelen ser riberas y puertos «designados» por el propio flujo del río o, por decirlo de otro modo, asequibles y de fácil acceso en función de la corriente, del recorrido de ésta y de su fuerza.

Los remeros de la segunda clase suelen remar a contracorriente. O quizás no del todo en su contra, pero sí parcialmente. Pretender ir, con determinación y diligencia, de un lado del río al siguiente obedeciendo siempre a la voluntad propia y al propio deseo, no dejándose arrastrar por la marcha inexorable del río y deteniéndose en las riberas y puertos más apetecibles y convenientes a cada uno de esos testarudos navegantes. El problema de este modo de vivir el río-vida es que se lleva un constante esfuerzo, pues en cuanto se deja de palear, la corriente se impone y quedamos a la deriva de ésta hasta que retomamos el empuje necesario para continuar haciéndolo.

Así volviendo a la metáfora con el que abríamos la lectura, se puede elegir palear en función del sentido de la corriente, en cualquier otro sentido o incluso en el sentido contrario — por improductivo que resulte —, o elegir no hacerlo en absoluto y dejarse ser arrastrado a lo largo del cauce fluvial del río-vida hasta la muerte-desembocadura. Pero no puedes enfadarte. Puedes elegir hacerlo pero, pudiendo hacer otras elecciones estúpidas, ¿para qué hacer estúpida esta elección? ¿Para qué gastar energías que te podrían ser empleadas en remar a una buena ribera o a un mejor puerto? Total, te va a llevar la misma molestia y el mismo esfuerzo quemar esas energías de una forma u otra… y aquí nadie se hace más joven.

Hay una clase especial de navegantes. Ellos no reman porque les fastidia la actividad de remar. Tampoco se dejan arrastrar por la corriente. Pero la corriente los arrastra y ellos lo observan sin remedio. Y eso también les fastidia. Les fastidia no poder pararse en aquella ribera o en este puerto. Les fastidia el remo que le dieron y el diseño de su balsa. Les fastidia el diseño de las balsas de los demás, o no poder tener aquella balsa o aquel remo. Les fastidia si llueve o incluso a veces si hace sol, porque no es el sol que querían o no salió en el momento en que lo esperaban. Les fastidia que haya río, les fastidia que haya desembocadura. Les fastidian las riberas y los puertos, las canoas, las balsas y los malditos trasatlánticos que navegan por el río. Les fastidia su geografía, su orografía, el color y la composición de las aguas, la composición y la humedad del aire. Pero lo que más le fastidia es no poder cambiar el curso del río. Se la pasan enfadados porque aquí debería ir un trasvase y allí hacer una presa y aquí quizás un embalse o quién sabe si un maldito parque acuático. Algunos, incluso, nacieron simplemente insatisfechos con la idea de no poder visitar otros ríos, o con la de no tener tiempo para parar en cada ribera y en cada puerto.

Estos navegantes pierden toda la energía en tales enfados sin darse cuenta de lo más importante: que a veces hay que dejar la canoa y simplemente darse un chapuzón. Que siempre puedes conseguir otra canoa y otro remo. Que hay riberas y puertos — así como una infinidad de maravillosas cuevas submarinas y otros lugares secretos igualmente mágicos — a los que sólo se puede llegar nadando. Pero, sobretodo, que no olvides darte un chapuzón. El agua es la que es y no querrás desperdiciar el río, ¿no? Disfrútalo, aunque sea una vez. Que no se te olvide.

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