Respuestas ante un problema o conflicto en la convivencia

1. Elegir un foco de problema de convivencia o conflicto.

El conflicto puede definirse, tal y como lo hace Ramos (2016), «como el enfrentamiento entre personas en situaciones determinadas» (p. 28).

El foco de conflicto elegido, por ser el de mi vivencia cotidiana, es el de las faltas leves cometida por alumnos de la educación más básica (2º, 3º y 4º), enumerados por Ramos (2016) como «comportamientos que afectan levemente la rutina diaria, como llegar tarde a clase, hablar continuamente, interrumpir a los compañeros para hablar, no traer los deberes hechos, acusar a los compañeros, no compartir las cosas» (p. 28).

A edades comprendidas entre los 6 y los 8 años, los focos de conflicto rara vez se presentan entre estudiantes por lo que podría considerarse una falta de mediana gravedad como «perturbar el orden de la clase de forma intencionada, faltas de respeto a los docentes» y aún incluso menos por lo que quedarían registradas como agresiones físicas o verbales (Ramos, 2016, p. 28).

2. Procedimiento o respuesta dada desde el centro y/o desde el aula desde la detección hasta su finalización.

El orden rara vez se perturba salvo por comportamientos como los antes citados: es normal llegar tarde. Parece que en una cultura casi institucionalizada de la impuntualidad, no hay modo de corregir esta falta. Pero, en este caso, también es reseñable la laxitud de los correctivos empleados en su educación disciplinar por parte del centro; lo que también puede parecer justo si se enfoca desde el punto de vista que, en la práctica totalidad de los casos, y mucho más teniendo en cuenta las edades y la hora de entrada a las escuelas públicas ecuatorianas (6.45 y 6.30 si te toca turno de guardia), se trataría más de enseñar a los padres, de corregirles, que de corregir a sus hijos. Por otro lado, reseñando de nuevo esa «cultura de la impuntualidad», repetimos que se trataría, en todo caso, de una falta leve y que, cualquier forma de método disciplinario sería, primero, poner sobre el menor la carga de una responsabilidad que más probablemente no sea suya; y, segundo, que dejar en la puerta de un colegio a menores cuyos padres más probablemente tengan que marchar a sus trabajos como correctivo sería, además de abominable, una fórmula en la que las pérdidas serían mayores que las ganancias, principalmente porque el menor perdería un día de escolarización y los padres quizás un día de trabajo.

Por supuesto que hablan continuamente. Y no sólo entre ellos. Le hablan al profesor, le preguntan una vez tras otra sobre cualquier cosa o le cuentan alguna historia sobre un familiar cercano o su mascota. Hablan interrumpiendo al docente o interrumpiéndose entre ellos. Hablan cuando las ideas le vienen a la mente porque las ideas no avisan. Vienen a su mente y explotan verbalmente como parte de su necesidad más inmediata de comunicarlas ahora que pueden, ahora que están aprendiendo a dar a conocer qué piensan porque por fin tienen esa capacidad. La están aprendiendo. Comienzan a poner su contexto en función al del prójimo y se nota en la competitividad que hay entre ellos. Formular si se trata de natural o cultural es parte de otro debate que no es éste.

Para esto no hay procedimiento correctivo, sólo procedimiento educativo. Parte del encanto de ser maestro es ser ese artista del que habla Muñoz (2016). Son cinco necesidades cada cinco segundos de cinco personas en pleno descubrimiento de un mundo en el que cada vez se van sintiendo más libres. En grupos de treinta y cinco personas. Treinta y seis personas si contamos al maestro, tratando de transformar esa energía en formas de enseñanza, educación y convivencia.

Recordando a Piaget, es ésta (6 a 8 años) una etapa a caballo entre lo preoperacional y lo operacional concreto (Arias, 2016). Y si bien siempre es necesario recordar que hay que educar en el respeto al turno de palabra y en el abandono de la política de la continua necesidad de atención, también es cierto que es preferible reenfocar la energía de su despertar que pretender cercenarla en modo alguno. En este caso, las educación en las conductas y valores mencionados está por encima de la necesidad de ningún correctivo. Y el encauzamiento de esa energía puede ser mucho de lo que permita brotar la querencia al aprendizaje. Es necesario saber trabajarla y trabajar con ella. Y no hay que obviar que hablamos de alumnos que, en muchos casos, además del requerimiento necesario de un programa de individualizado de integración, vienen de ambientes con tremendas carencias de atención y afecto que forman, en cualquier caso, parte de la sustancia con la que el docente tiene que trabajar diariamente.

La disciplina respecto a los deberes suele ser poca y no hay una política institucional instaurada al respecto. Es cierto que en los niveles reseñados, la cantidad de deberes tiene más que ver con la recolección de materiales que con un proceso de manufactura o estudio. Cada docente

brinda la disciplina que cree conveniente. Así, se reduzca o no la cantidad de deberes, como ha aprobado el Ministerio de Educación, siguiendo las pesquisas de la OMS a dos horas diarias (Coba, 2016; Puente, 2016), lo que es cierto es que el docente tendrá que seguir haciendo un desmedido esfuerzo porque los discentes se interesen por las tareas llevadas a casa.

En cualquier caso, además de falta leve, no se trata este de un problema de convivencia en sí sino, más bien, de un esfuerzo por la educación en los valores del esfuerzo, la constancia, el aprecio al conocimiento, la querencia por el aprendizaje y el empleo de la autodidáctica.

Las acusaciones a los compañeros, fundadas o no, suelen ser constantes. Las que más llaman la atención versan sobre conductas en las que el maestro no se ha fijado o pretende no haberlo hecho: alguien que come chicle en clase, alguien que copia en un examen o alguien que molesta, habla o se levanta en clase. Las acusaciones sobre hurtos también son continuas, incluso cuando muchas veces se trata de un material que está en el suelo o que el acusador no ha apercibido dentro de su propia cartuchera.

Hay, sobre todo en los más pequeños, una aún permanente alta dosis de egocentrismo expresada en la extensión de la propiedad que, por ejemplo, se refleja en cambio en los más grandes en la toma de apuntes. Un estudiante acusará a otro de estarle copiando la libreta cuando, de todos modos, el contenido está en la pizarra de manera que no es original para nadie y, dando igual de dónde sea copiado, no es más que reproducción de un contenido cuya esencia, en cambio, no parecen aún capaces de valorar realmente.

La necesidad de afecto antes citada se convierte aquí en una necesidad de protección. Sin olvidar el valor de justicia, por muy poco necesario que sea verdaderamente en la mayoría de casos, la mayor parte del tiempo se trata de caminar sobre un hilo muy fino pendido entre dos riscos: el de hacer considerar al niño la necesidad de valorar sus acciones en relación a sí mismo a la vez que, por otro lado, se encuentra justo en la etapa en la que el «el niño tiene más experiencias con sus amigos y sus hermanos. […] se da cuenta que existen otros puntos de vista a parte del suyo» (Arias, 2016, párr. 4); esto es, el niño comienza a considerarse en relación a los otros mientras se le intenta hacer ver que tiene que valorar sus acciones en función de sí mismo y del valor mismo de las propias acciones y no en función de otros ni de las acciones de éstos. En cierto aspecto también se está tratando con el valor de la intimidad, como cuando se llama a un alumno a la mesa para tratar de un tema en concreto y, de repente, aparecen por detrás media docena (si no más) de estudiantes ávidos de saber qué está pasando en ese petit comité al que no están invitados — pero que, en cambio, establece, de un modo u otro, su vasto y recién nacido deseo de saber, de conocer. Se trata de educar en el rechazo a la institucionalización de la delación sistemática y en la incorporación de un comportamiento responsable nacido de uno mismo y para uno mismo, en el que los demás jueguen un papel tan importante como corresponde pero no tan esencial como ha de ser cada persona para sí misma, mucho más en tiempos de desarrollo intensivo de la personalidad.

Y en ese rechazo a la cultura de la delación habita, necesaria, la solidaridad. Solidaridad que también es continuamente necesaria recordar a los discentes: del préstamo de materiales entre unos y otros compañeros al caso mencionado en el que un estudiante no permitirá a otro copiar apuntes de su cuaderno basado en esa distorsión del concepto de propiedad privada — relacionado con el de intimidad y que no conviene tampoco olvidar cuando se educa. Momentos todos ellos en los que cabe recordarles que antes o después podrían verse en la misma o parecida necesidad a la que ahora no están dispuestos a ayudar a satisfacer.

En conclusión, las faltas leves a las que generalmente se enfrenta un docente en los primeros grados de la educación no son preceptivas de sanción sino de educación. De educación axiológica que irá formando sus caracteres y que, con un poco de esfuerzo, irá convirtiendo las diferentes características de estas etapas del crecimiento en germen de personalidades formadas sobre unos valores positivos y deseables que los conviertan en alumnos de sana responsabilidad tanto en su sucesión por los diferentes niveles del sistema educativo como en su devenir vital.

Y ésta es la verdadera misión del maestro de primaria en sus niveles más elementales: una resolución de conflictos basada no sólo en el diálogo, la capacidad de proponer reflexión y la disciplina activa (entendida ésta como la clara exposición de las normas, el debate y la participación de éstas y las consecuencias claras a su respecto), sino también en la focalización de las inquietudes, energías y procesos de desarrollo de los más pequeños en la plena consecución de sí mismos, como individuos partícipes de su comunidad pero responsables, en primera instancia, de sí mismos.

Referencias.
Arias, S. (2016). Etapa operacional concreta 7 a 11 años. Psicológicamente hablando. Recuperado de:
http://www.psicologicamentehablando.com/etapa-de-operacion-concreta-7-11-anos/Coba, G. (31 de octubre de 2016). Reducción de tareas busca que el estudiante complemente su educación con otras actividades. El Comercio. Recuperado de:
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