Queer (Marica)

de William S. Burroughs

Es ésta la segunda vez que leo a Burroughs. La primera fue Yonqui (JunkJunkie Junky, como fue la grafía original que pretendía Burroughs, quien le añadió el subtítulo de Confessions of an Unredeemed Drug Addict – Confesiones de un Drogadicto Irredento), una obra publicada en 1953 que no me dejó nada indiferente. Tanto fue así que, nada más terminar de leerla, corrí a la librería a buscar este Marica.

Se tratan ambas de novelas escritas a fines de la década de los 40 o quizá comienzo de los 50 y ambas son complementarias. Es decir, el paréntesis que encontramos en Yonqui es el que se narra en Marica. En él,  William S. Burroughs – o William Lee, el seudónimo escritor bajo el que originalmente publicó ambas novelas  y también el nombre de su protagonista – abandona Estados Unidos por sus problemas con la justicia a causa, principalmente, del tráfico de drogas y recala en México. Y precisamente en ese momento fue en el que Burroughs escribió estas dos obras.
Cabe señalar que tanto la práctica totalidad de la obra de Burroughs como la práctica totalidad de la obra adscrita a la Generación Beat, de la que su autor representa un pilar básico, son de naturaleza autobiográfica.

Yonqui y Marica estaban llamadas a ser partes del mismo corpus, de la misma novela. Pero, viviendo Burroughs en Ciudad de México y teniendo al mismísimo Allen Ginsgberg como agente literario – habiendo sido éste, de hecho, el que le animaría a escribir amparado en la calidad de la escritura epistolar de Burroughs –, fue éste quien le azuzaría a revisar el texto para que fuera publicable en los Estados Unidos de América en una fecha en la que la censura homófoba nada quería saber de las partes que luego conformarían Marica, publicado finalmente en 1985.

Escrita como su hermana melliza – Yonqui –, pues, en esa clave autobiográfica tan marcada de la Generación Beat, Marica supondría, probablemente, la tercera incursión de Burroughs en la novela, después del propio Yonqui y de Y los hipopótamos hirvieron en sus tanques (publicado por primera vez en 2008), obra que escribió a medias con el otro gran buque insignia de esta generación Jack Kerouac.

La primera gran diferencia que encontramos, no obstante, entre Yonqui y Marica es que ésta segunda está escrita en tercera persona, mientras que aquella lo está en primera. Como relata el propio Burroughs en el prólogo de Marica – escrito en febrero de 1985 –, el protagonista de esta novela, a pesar de ser el mismo protagonista de Yonqui, está desenganchado de los opiáceos que tanto le protegían de modo que se muestra “desequilibrado, urgentemente necesitado de contacto, totalmente inseguro de sí mismo y de sus objetivos”, en palabras del propio Burroughs. O también, traduciendo directamente de sus palabras: “Cuando se quita la tapa, todo lo que ha estado controlado por el caballo sale a borbotones.

Peter Orlovsky, William Burroughs y Paul Lund cenando en Tony’s Restaurant, Tangier, 1969. Foto de Allen Ginsberg via Flickr

Así pues, el Burroughs/Lee de Yonqui y el Burroughs/Lee de Marica son, cual misterio vaticano, la misma persona y una persona diferente. A aquel no le importaba nada, no sentía ni padecía salvo que se le acabaran las correspondientes dosis, incluso en el marco de una detención policial.

Algo que me llama poderosamente la atención en este Marica de W. S. Burroughs es la carencia de cara de todo el mundo, de todos los personajes que pululan por esta realidad grotesca y postmodernista del imaginario del autor, incluyendo la del propio protagonista.

Los seres que habitan Marica tienen expresión (o expresiones), y, de hecho, son imágenes magníficas del espíritu y la naturaleza humana, pero no tienen cara ni rostro, salvo deseo de ponerle a Lee la efigie de Burroughs y el conocimiento reiterativo que nos brinda la narración acerca de las maravillosas y rectas cejas negras de Allerton – objeto de deseo por antonomasia de Burroughs/Lee en esta narración – y de su poderosa cabellera rubia.Pero el Burroughs/Lee de Marica sí que siente y que padece. Como el propio Burroughs llega a indicar en el prólogo, “está sujeto a los excesos emocionales de un niño o un adolescente”. Llora y ríe y trata de llamar la atención de aquellos que le rodean. Se exaspera en su apartamento, se deprime, adopta posturas fetales en espera del amanecer y hasta que cae dormido, y le aflige la frustración de no poder conseguir aquello que quiere, porque ya no es tan fácil como comprar una buena dosis de heroína o morfina.

En Marica la búsqueda es constante. Por supuesto, el protagonista Burroughs/Lee se busca a sí mismo sin quizá darse cuenta de ello (pero, ¿no lo hacemos todos?). Pero también busca a un Allerton que parece reticente a aceptar su propia tendencia homoerótica. Un combate de boxeo en el que, de antemano se sabe, Burroughs/Lee tiene todas las de perder (además de todas las de recibir una monumentalísima paliza tras tratar de resistir durante un largo número de asaltos). Pero la búsqueda no acaba ahí. Traída directamente desde Yonqui, el nudo argumental de Marica desemboca en la búsqueda del yage (o yagé), una sustancia de la que Burroughs/Lee pretende extraer cualidades telepáticas.

Esta búsqueda del banisteriopsis caapi, más comúnmente conocida como ayahuasca – aunque en el texto se llega a mencionar que bien podrían ser dos sustancias distinas, prueba del desconocimiento de Burroughs en lo que a esta sustancia psicotrópica en particular se refiere – lleva a Burroughs/Lee de viaje por Centroamérica y Sudamérica, revelándose finalmente como una misión totalmente infructuosa.

Al menos, en ella, disfruta – a veces padece – la compañía del propio Allerton que, casi en el papel de chapero, acepta el viaje y la proposición de relaciones sexuales con el protagonista en una dieta de a dos veces por semana – que, por supuesto, Burroughs/Lee tratará de ampliar en la medida de lo posible.

Esto nos podría llevar a pensar que, bajo el título y con este plan consabido, estamos en ciernes de leer un relato que se regocija en algún tipo de erotismo. Pero no. El erotismo en Marica se restriñe a las opiniones y los deseos – a veces desmedidamente mórbidos, e incluso pedófilos, mas siempre reprimidos – del protagonista. En la frustración a la que se ve sometido Burroughs/Lee en su trato con Allerton y que puede remitirnos – y nos remitirá, si no se nos heló el corazón – a una tristeza infinita. Y a algún punto y aparte tras el que los protagonistas de estas escenas fuman un cigarrillo acostados en una cama sobre sus espaldas, el uno al lado del otro.

Sólo un atisbo de ternura se encuentra en la persona/personaje de Allerton, cuando Burroughs/Lee vuelve a ser objeto de un profundo síndrome de abstinencia conforme comienzan su viaje por Mesoamérica. Por lo demás, Allerton no es más que otra de las muchas cáscaras vacías que, sin efigie, se pasean por el animalario autobiográfico de William S. Burroughs.

Lawrence, Kansas, 1984, on Oliver Harris’ first meeting William S. Burroughs, around the time that the New York Times broke the publishing contract story regarding Queer.

Es por ello que Marica resulta una novela con la que (más aún si no has leído Yonqui) podría resultar difícil la conexión. Durante muchas páginas, la verdad, es difícil saber qué estás leyendo. Ese animalario mencionado, con todos sus personajes descarados – y ya sabemos que digo esto en el sentido literal –, encapsulado en los diferentes bares por los que se mueve nuestro querido protagonista y autor, enmarcados estos en un contexto oscuro y grotesco sabiamente descrito desde el primer carácter por el mismo, está sujeto a una monotonía que, en un principio, puede parecer carente, cuanto menos, de sentido narrativo.

Pero, la verdad sea dicha, la literatura de Burroughs (al menos este trabajo dual que constituye la suma de Yonqui y Marica) tiene ese atractivo que sólo la literatura más maldita suele tener. Lo grotesco, lo reflexivo… y un sentido del humor que, en el momento más inesperado e inoportuno sabrá arrancar la carcajada del ávido lector, hacen de esta obra (y de su melliza Yonqui), una genial iniciación para aquellos que quieran conocer, de primera mano, los albores de la Generación Beat y del trabajo de este magnífico y prolífico autor que es William Seward Burroughs.

William S Burroughs grabando Red House 1992 Foto de Jon Blumb all rights reserved

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