Problemas conductuales y emocionales en los niños: causas, prevención, tratamiento

1. «Comorbilidad» (también «comorbidad»)
Término clínico que denota la confusión o combinación que puede producirse entre los síntomas de las dos vertientes, emocional y conductual, de los trastornos psicológicos más comunes en la infancia y la adolescencia. Esto obliga a la máxima precisión posible en el diagnóstico del menor. En palabras del epidemiólogo que acuñó el término, Alvan R. Feinstein (1970): «Any distinct additional entity that has existed or may occur during the clinical course of a patient who has the index disease under study», esto es, cualquier entidad adicional que ha existido o que pudiera tener lugar durante el proceso clínico de un paciente cuyo enfermedad principal está bajo estudio.

La precisión del diagnóstico, pues, no se basa tanto en la necesidad de descartar trastorno alguno si no más bien en analizar qué síntomas pertenecen a qué trastornos, observar cómo conviven en el joven, cuáles son las expresiones singulares de cada uno de ellos y cuáles las conjuntas y, por así decirlo, las reactivas, puesto cabe pensar en trastornos emocionales y conductuales que, a más de mezclarse, pudieren, incluso, llegar a retroalimentarse cíclicamente: hiperactividad y ansiedad, por ejemplo.

2. Manejo de habilidades de contingencia de reforzamiento.

Conjunto de herramientas que permiten enfrentarse a las posibles realidades que ha de depararnos el futuro, y en carencia de las cuales los jóvenes encuentran aún más dificultades a la hora de lidiar con trastornos emocionales como, por ejemplo, el trastorno de ansiedad por separación (de los padres) o el trastorno por el miedo a la muerte (propia o de los progenitores). Estas herramientas son, principalmente de mantenimiento o extinción, en función de la plausibilidad de cada conducta y de que, por ella, esta quiera ser conservada o erradicada.

3. Inhibición conductual.
Factor constitucional propia del joven de conducta retraída, introvertida, asustada ante lo nuevo; factor de vulnerabilidad ante trastornos de ansiedad y fobias.

4. Sensibilidad a la ansiedad.
Factor constitucional específico que se ha mostrado como variable mensurable de la evolución de aquellos trastornos en los que se presenta como factor de vulnerabilidad, principalmente el trastorno de pánico y el de ansiedad por separación, y que consiste en el propio miedo del niño ante la conciencia de sus propios síntomas. Y cuanto más temor a los propios síntomas, más vulnerabilidad a la ansiedad.

5. Apego.

Relación afectiva con los padres y calidad de ésta, considerado otro factor ambiental que puede influir en el desarrollo de la ansiedad si los padres no se preocupan por transmitir a sus hijos la seguridad y el afecto que necesitan. Sentimientos de confianza y protección son forjados en el hogar en lo que se denomina «apego seguro». El «apego inseguro», por el contrario, es el que forja conductas de evitación del contacto con los padres y que pude incluso tener derivaciones clínicas. En tercer lugar encontramos el «apego ambivalente», que es incluso peor que el inseguro, llevando al niño de un extremo al otro en una conducta errática. Y por último el «apego desorganizado», observado sobre todo en niños víctima de maltrato, niños necesitados de afecto pero concretamente carentes de confianza en la posibilidad de llegar a recibirlo.

6. Resiliencia.
Capacidad para superar experiencias problemáticas, tanto a la hora de enfrentarlas como a la de recuperarse de ellas.

7. Inteligencia emocional.
Facultad mental que nos habilita en el aprendizaje, la comprensión, el discernimiento y, en definitiva, el control y la gestión de nuestras emociones, ayudando a la toma de decisiones y a la formación de la realidad construida en torno a ellas, esto es, en lo concerniente a lo anímico y a lo sentimental, respecto tanto a las emociones propias como a las ajenas.

Las competencias relacionadas con la inteligencia emocional son el autoconocimiento, el autocontrol emocional, el autocontrol de las gratificaciones y la comprensión del universo de lo ajeno y su inclusión en el universo de lo propio y viceversa. Y todas van enlazadas. Dicho de otro modo, es harto difícil comprender las emociones de quien tenemos enfrente si no conocemos las nuestras propias. Por otro lado, si no conocemos nuestras emociones, ¿cómo podemos controlarlas, si ni siquiera podemos identificarlas? Si no podemos controlarlas, ¿cómo habremos de saber cuándo es momento de gratificarnos y cuando no? Y todo ello estará relacionado, nuevamente, con nuestra capacidad de relación con lo ajeno, Y, por último, inteligencia, podríamos preguntarnos: ¿cómo controlar una emoción que ni siquiera podemos identificar? Sin duda que encontraríamos imposible una respuesta.

PREGUNTAS:
1. ¿Qué harías para prevenir la aparición de trastornos de conducta o emocionales en las aulas?

Introducir la educación emocional dentro del currículo escolar. Técnicas de vida saludable que trascendieran de lo académico a lo personal para revertir en el primero. Concienciación sobre el propio desarrollo que incluyeran múltiples jornadas de interacción con los padres (o representantes legales de los menores) para evaluar (y enseñarles, en caso de necesidad) a éstos a interactuar con sus hijos (o representados) reforzando conductas que desemboquen en sentimientos de apego seguro para el menor. Una mayor atención a lo físico separado de lo atlético.

Jornadas de formación para padres y docentes impartidas por profesionales de la psicología y de la psicopedagogía en torno a los procesos físicos y mentales concernientes al desarrollo de sus hijos, para alimentar la conciencia sobre ello y dotarles asimismo de herramientas ante posibles contingencias.

Campañas de detección de trastornos emocionales y conductuales en sus etapas más iniciales, de ser posible.

2. ¿Por qué piensas que la intervención por parte de la familia y la escuela están demostrando ser más eficaces, que la psicoterapia individual?
Por la cantidad de tiempo que pasan con los padres y en la escuela, ya que estos son los principales agentes socializadores del menor. De modo que por mucho tiempo que pase en psicoterapia, siempre pasará más en compañía de sus padres y de su marco escolar. Si bien la psicoterapia puede proporcionar la adecuada guía de trabajo en el refuerzo de factores positivos o protectores, como la resiliencia y el manejo de habilidades de contingencia de reforzamiento, es el niño el que hará o no funcionar esa guía dentro de un entorno formado por padres y docentes. Y habrán de ser estos los que, de igual manera, acompañen al joven en su proceso de desarrollo y le ayuden a cumplir con la ejecución de la guía aprendida a través de las sesiones de psicoterapia.

3. ¿Por qué es importante enseñar a los niños y adolescentes a identificar sus emociones?
Con la finalidad de potenciar su inteligencia emocional y alimentar sus herramientas de manejo de habilidades de contingencia, fortaleciendo su resiliencia y haciendo crecer su autoestima en el proceso. Poner la pregunta “¿Cómo te sientes?” cada vez que el joven nos haga partícipe de uno de sus problemas es un deber como partícipes de la formación de cada muchacho.

4. ¿De dónde crees que viene la necesidad de enseñar y educar en valores y no sólo en conocimiento académico?
Porque favorece la formación de la inteligencia emocional y esta ayuda a su vez al aprendizaje y a la integración social de los niños en su contexto, reduciendo, además, la conflictividad escolar. El refuerzo o estímulo de la inteligencia emocional ayuda a la prevención de problemas psicológicos y fomenta la adaptación social creando un clima agradable entre todos los actores de la educación.

Referencias
Feinstein, A. R. (1970). The Pre-Therapeutic Classification of Co-Morbidity In Chronic Disease. J Chronic Dis (7), pp. 455-68.