Pobre Diablo

Hablamos no de quien juzga, sino de quien castiga. De repente, culpamos todo el sistema en el verdugo. Son, sin embargo, los burócratas quienes ostentan el poder de decidir sobre el destino de cada alma sobre las que toman cargo. Del Diablo es de quien hablamos.

Pobre Diablo

Nunca se ha tratado de una lucha del bien contra el mal. Se ha tratado, más bien del totalitarismo dividido y polarizado por voluntad propia. Del totalitarismo obligado por la necesidad misma de administración del poder único e infinito que resulta en su propia esencia. El Diablo es un círculo vicioso. Un chiste de viejos que no tiene gracia. Es algo indivisible: son la misma cosa, el Bien y el Mal. La cultura judeocristiana – entre otras – siempre ha tratado de concebir esta dicotomía como tal. La división de un concepto (en este caso, la vida) en dos aspectos, especialmente cuando son opuestos o están muy diferenciados entre sí, cuando en realidad se trata de una dualidad. Es decir, de la existencia de dos caracteres o fenómenos distintos en una misma persona o cosa.

El Bien y el Mal

La vida incluye el bien y el mal de forma no polarizada y, acorde a toda luz, relativa. La gacela muerta ve el Mal donde las crías alimentadas por su carne ven el Bien. De este modo, el omnisapiente se convierte en una solución de continuidad infinita sin costuras o delimitaciones visibles entre el Bien y el Mal. Como tal, el Diablo, el Portador de la Luz, no es el mal. El binomio no es tal. Ni la supuesta eterna batalla. El todopoderoso, que no es el Bien, no se enfrenta a Lucifer, que no es el Mal. El omnipresente, que es todo, lo bueno y lo malo, y Lucifer un arma, una herramienta; un pequeño inocente condenado por sublevación, soberbia y rebeldía, adolescente merecedor de un castigo desmedido por parte de un padre que, además de pecar de genocida y de suicida, peca de hipócrita al condenar la misma soberbia que radica en su existencia: el Juez Supremo de las criaturas que Él mismo ha creado. Capaz de excusar en un comportamiento típico de los jóvenes el oficio tortuosamente eterno del Diablo, cruel, incapaz de identificarse en el refrán, considerando a su hijo responsable inequívoco de un acceso inefable de soberbia, enmascarando en tal eterno castigo la suya propia, su capacidad de incomprensión, su infinita empatía y su infinito amor. Pobre Diablo.

Lógica hipocresía

Dios usa su soberbia sintiéndose en divina posición para poder juzgar a cada muerto por sus acciones en vida. Pero Él no se ensucia las manos. Elige a uno de sus hijos para hacerlo. Eones después, en ritual suicida, decide hacerse carne y trazar un plan perfecto que le lleve a la horca. O a la cruz. Pero ésa es otra historia. La historia que ahora nos incumbe es la de un padre maltratador excusándose en su propia altanería para mandar a un hijo suyo a hacer la tarea más sucia del universo tangible (y del intangible). Lavándose las manos (cual Poncio en el caso del suicidio vicario al que antes hacíamos mención), en el proceso de vilipendio que, a partir de ahí, permitirá a su creación favorita – el hombre –, en lo sucesivo, respecto al nombre de su hijo (Portador de la Luz). Y todo ello libre albedrío mediante: el que no puede permitir a su propio hijo adolescente.

Así, el nombre de su hijo pasa a significar lo peor de una humanidad de cuya creación se jacta por haberlos hecho usuarios de una plena libertad. Triple hipocresía: condenar la soberbia ajena sin pararse a analizar la propia; crear al hombre libre para permitirle justificar la maldad en nombre de su hijo; y permitir el escarnio de su hijo y el nombre de éste, mientras que el se entregaba a un frenesí genocida inundando la tierra, erradicando poblados y a sus poblaciones. Todo esto mientras andaba formulando un plan que convierte cualquier perversión satánica en sopa de pollo para el alma: «me voy a encarnar en mi propio hijo para hacerme matar en nombre del perdón de toda la humanidad. Algo muy lógico».

Protégenos de tu propia ira…

La misma humanidad a la que ya anegó. Aquella cuya curiosidad tampoco supo perdonar en Edén. La que atacó desde el cielo lluvia de meteoritos va, lluvia de meteoritos viene cada vez que le pareció. Exactamente la misma a la que se siente en el derecho de juzgar día a día, hasta que su tosco jueguecito acabe y tenga que cambiar de acuario porque éste, en nombre de su hijo Lucifer, se ha llenado hasta arriba de mugre, de lodo, y ya no hay criatura que respire ahí abajo.

¿Qué verdadero líder pide a sus hombres aquello a lo que a Él no le alcanza el valor a hacer? ¿Cuál quiere eso para un hijo? ¿Conocéis algún otro padre que haya comunicado a su hijo  desde la cuna la temporalidad exacta de su muerte y el grado de crueldad que le depararía?

…más líbranos de tus problemas.

Yo creo que el problema de Dios está en que no sabe perdonarse a sí mismo. Que no supo perdonar a Lucifer como no supo perdonar a la humanidad antes de Noé, a Moisés cuando rompió las tablas. «¿Por qué habría de perdonarme a mí?», cabría que nos preguntáramos nosotros.

Un problema tan grande como el de la sociedad que lo ha creado, desde el punto de vista mismo de haberlo entendido como necesario. Tan enfermo de atención está el uno como la otra. Hasta el punto en el que antropocentrismo y teocentrismo deberían pasar a significar lo mismo. De otro modo, siguiendo con el mito, el cuento, la leyenda… ¿qué clase de Dios hacer un ser a su imagen y semejanza? ¿Y qué clase de ser hace un Dios a la suya? Suena soberbio. A lo mejor el problema es genético…