Ella y yo

Decidí olvidarme de todo durante un rato.
Allí estaba ella, desnuda,
y yo cubriéndola de miradas y de palabras.
No tenía ningún objetivo,
salvo el de dejar pasar el tiempo.
Quería posponer lo inevitable, que es la muerte,
pero ella me observaba,
cada vez menos desnuda,
y me hacía olvidarla.

Se cubría de un negro espeso,
bajo un tatuaje permanente.
Y a medida que ella moría yo me hacía más fuerte.
También me desinflaba, pero me hacía más fuerte.
Así como Eva, cual costilla sacada de mí
y expuesta a mis propios delirios,
expulsada de un paraíso anómico,
iba mostrándose cada vez más vergonzosa,
a medida que su piel era cada vez menos visible.

Mi victoria era mínima y, desde luego, pírrica.
No ganaba yo. Nunca ganaba y nunca lo haría.
Porque tras quedar completamente cubierta
aparecería desnuda otra vez y otra, delante de mí,
y entonces me miraría burlona y repetiría, en silencio,
las mismas palabras, que son ninguna,
pero que leen «tú pierdes» en una corriente subyacente
que corre más allá de lo verbal.

Y entonces pretendería que la cubriese de nuevo,
que le inyectara la amarga savia de mis negros labios
en la concavidad de sus mejillas
y en la convexidad de sus muslos.
Querría que se lo hiciera una vez y otra.
Cada vez más fuerte.
Y yo, cada vez más fuerte, más rápido e intenso,
trataría de darle lo que pide.
Perdería.
Me dejaría exhausto,
se burlaría de mí mostrándome el fruto de mis esfuerzos,
que no sería nada salvo haber pasado el rato.

Ella gana. Ella siempre gana.
Ella y yo, en la cámara oscura.
Ella gana. Ella siempre gana.
Ella y yo, en mi habitación.
Ella gana. Ella siempre gana.
Ella y yo, la hoja desnuda.
Ella gana. Ella siempre gana.
Ella y yo, haciendo el amor.

Salango, Ecuador