Caminando hacia la inclusión educativa

 ¿Cuál es la situación real de su colegio respecto a la educación inclusiva?

En honor a la verdad, el nivel de adaptación a la educación inclusiva de mi escuela es casi del todo escaso — cuando no completamente nulo.

Si bien a nivel socioeconómico — y siguiendo las indicaciones de la Administración Educativa — mi colegio representa el mismo nicho de inclusión que representaría cualquier otra unidad educativa ecuatoriana, con los principios del Buen Vivir puestos en la generación de una sociedad solidaria y consciente respecto a la plurinacionalidad y a la multiculturalidad características de Ecuador, albergando muchos casos de los que caerían bajo la denominación de «exclusión social», la verdad es que la institución en la que yo ejerzo mi práctica docente suspende en casi todos los demás aspectos.

Cabe reconocer que si bien la escuela se esfuerza por conseguir que sus miembros se sientan exactamente cómo sugieren las más básicas directrices de los preceptos establecidos de inclusión educativa, también es cierto que no presenta más que unos pocos casos (bastante aislados) de aquello a lo que podría ser referido como «casos de Necesidades Educativas Especiales»; de este modo, su esfuerzo a nivel institucional tampoco es que pueda ser extremo — en el sentido, precisamente, de que no es que tenga mucho porcentaje del alumnado por el que tener que esforzarse.

De hecho, por mucho que mi escuela pretendiese dejarse la piel en el sentido de inclusión educativa, encontraría el primer escollo en su fundamento básico, esto es, su construcción física: se trata de un conglomerado de vetustos edificios de dos pisos en los que no existen rampas ni ascensores para ascender a la segunda planta, sitos en un recinto donde la tónica general no son sólo todos los escalones y bordillos que hay aquí y allá, sino zanjas, baches y hoyos diseminados por doquier a lo largo y ancho del lugar. Así, su propia fisionomía es, ya de por sí, un obstáculo ante la contingencia de llegar a albergar, algún día, a estudiantes de movilidad reducida, por ejemplo.

Por otro lado, la estructuración de las aulas es completamente errática, suponiendo ya de por sí un inconveniente para alumnos sin dificultades: algunas son casi cuadradas, de modo que los estudiantes que se sientan en las filas más pegadas a las paredes tienen mayor dificultad para ver el contenido de la pizarra; y otras, rectangulares, son infinitamente largas para lo que podría considerarse óptimo respecto a las posibilidades de percepción y de atención de los jóvenes, pues también resulta complicado apercibir la pizarra en toda su dimensión desde el último puesto del aula.

La institución no cuenta con una infraestructura tecnológica contundente y, en concreto respecto a lo computacional, sus pocos (y casi antediluvianos) activos informáticos forman parte de una sala (la sala de cómputo) que sólo es utilizada por miembros del DECE en sesiones formativas e informativas que tienen lugar junto a padres del alumnado. De este modo, alumnos que pudieran enfrentar sus dificultades a través de cualquier ayuda tecnológica (o más concretamente informática) no encontrarían en mi centro de trabajo respuesta alguna a sus necesidades.

En el plano humano, ninguno de los profesores está formado específicamente para el tratamiento con alumnos que pudieren presentar dificultades en el aprendizaje. Tanto así que, entre los pocos casos que existen (por ejemplo de dislexia, visión de espejo, leves autismos y otras dificultades en el aprendizaje), los profesores sólo aplican la virtud de la paciencia en carencia de cualquier otra herramienta habilitante para el trato educativo con niños que presentaren cualquiera de estos problemas. Los profesores, a decir verdad, lo más que hacen es dedicarles ciertas atenciones exclusivas en función de sus posibilidades espaciotemporales reales, bajando el nivel de las expectativas académicas al respecto de estos niños para posibilitarles el cumplir con los objetivos propuestos en sus planificaciones docentes.

En resumen: sí, se trata de una comunidad escolar abierta y diversa, pero su apertura y  su diversidad se ciñen al plano socioeconómico y cultural, más que al de alumnos con una patente necesidad educativa especial por sus condicionantes físicos y psicológicos. No, no sólo no está libre de barreras físicas y educativas sino que, hasta para aquellos que disfrutamos de plenas facultades físicas y mentales, la escuela tiene una estructura fisionómica que impediría muchos intentos de inclusión (de alumnos con impedimentos de movilidad o dificultades en la visión o en la escucha, por ejemplo). Y no, los profesores no están capacitados para asistir estos casos concretos de necesidades especiales, por lo que tampoco elaboran redes de colaboración que los incluyan exhaustivamente. Su implicación con el asunto, además, tampoco es mucha; y es que, a fin de cuentas, sin la suficiente preparación ni los suficientes casos en sus aulas, la inclusión educativa es algo que les es esencialmente ajeno a su labor diaria.

¿Estamos cerca de conseguir los objetivos del milenio respecto a la educación?

Personalmente no creo que estemos ni siquiera cerca de conseguir dichos objetivos. ¿Por qué? Pues porque, principalmente, apostaría a que mi institución no es la única que presenta falencias tan obvias y notables como las que han sido referidas, que complican esa educación universalista que desde foros como el Marco de Acción de Dakar sobre la Educación para Todos se solicita a las sociedades y a las autoridades educativas.

Sí, se lucha sobremanera por ampliar el cuidado y la educación de la primera infancia, por proporcionar educación primaria gratuita y obligatoria para todos, tratando de lograr con ello que la enseñanza primaria sea universal, por promover el aprendizaje y las habilidades para la vida de los jóvenes y adultos, por aumentar la alfabetización general de la población, por lograr la igualdad de géneros y la autonomía de la mujer y, en última instancia, para mejorar la calidad de la educación.

Pero, en conclusión, aunque la ruta trazada es buena, lógica, justa y necesaria, no llevamos el suficiente camino recorrido sobre ella — y las dificultades de dicho camino son demasiadas — para hablar de cercanía a la consecución de las metas propuestas.

Referencias y bibliografía.

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